Llegado el día 1 de julio de 2012, Gumersindo pudo descansar al fin de su sufrido trabajo como funcionario en el Ayuntamiento de Altea (Alicante). Tenía dos meses de vacaciones por delante, y, tras mucho pensarlo mientras expedía certificados de empadronamiento, decidió que, al menos, las primeras semanas de sus vacaciones las pasaría en su ciudad, disfrutando de las playas que existían en Altea.
Gumersindo era un hombre un tanto ingenuo (por supuesto, su cargo en el ayuntamiento lo había conseguido gracias a su sobrino, que era concejal, y no gracias a sus logros y esfuerzos). Por ese mismo motivo, tuvo varios problemas en las playas, debidos siempre a los demás playeros, intolerantes y pacientes ellos.. Mencionaré también que Gumersindo tenía una gran facilidad para ofenderse, y que cuando se ofendía, era muy propenso a abandonar sus propósitos.
El día 1 de julio, en torno a las 18:00 PM, Gumersindo se dirigía a la playa que le pillaba más cerca de casa. Gumersindo caminaba con la nevera, las toallas y la sombrilla, con todo ello cogido en brazos y puesto delante de la cara, de tal forma que carecía de ángulo de visión central. Milagrosamente, llegó a su destino sin percances, a pesar de haber tenido que atravesar varias calles muy transitadas y cuatro pasos de peatones. Dado que tenía sombra, comida y con qué secarse, su estancia en la playa también transcurrió sin percances. No obstante, quiso el destino, a veces tan bienhechor, a veces tan injusto, que cuando volvía a su casa, y estaba ya cerca de aquélla, al doblar una esquina, chocase de frente con una niña a la que no vio por culpa, en concreto, de la nevera. Por ir Gumersindo bastante rápido rápido, y por no tener la niña en ese momento más que ocho años, ocurrió que ésta cayó al suelo, quedando tendida en plancha. Aunque Gumersindo notó la colisión, no se detuvo, y como la niña se había había alzado un poco en el suelo para levantarse, Gumersindo tropezó con ella y también se cayó, escapándosele la nevera vacía, que por eso mismo era muy liviana. Cayó en medio de la calzada en el preciso instante en que pasaba un tráiler, que la arrolló, haciéndola pedazos.
La niña, de nombre Lucía, y Gurmesindo, se pusieron en pie, y se miraron. Gumersindo tenía una gran nariz aguileña, y el pelo negro y rizado. La niña, por su parte, era de piel bastante blanca, los ojos de color azul grisáceo y el pelo liso y rubio con un lazo rojo a la izquierda, a la derecha viéndola de frente.
A pesar de que la niña era consciente de que la culpa era de Gumersindo, por ir como iba, en una muestra de honradez y educación, cosas ambas hoy día escasas, le dijo a Gumersindo:
—Perdón, lo siento muchísimo...
Pero Gumersindo no la dejó seguir:
—¡Me has roto la nevera! ¡Vete a donde no te vea, y no te vuelvas siquiera para mirarme!
Con gran remordimiento y pesar, Lucía siguió su camino. Gumersindo, por su parte, se sintió profundamente ofendido y dolido por aquello.
Durante los dos días siguientes, los hechos que siguieron requieren menos explicaciones, si bien marcaron a Gumersindo bastante más que el encontronazo con Lucía.
El día 2 de julio, soplaba un viento espantoso. Aun así, cuando llegó a la playa, Gumersindo clavó su sombrilla inclinada hacia el lado contrario del que soplaba el viento. Luego se fue a recorrer la playa en busca de bebidas, pues, al haber perdido la nevera, no podía llevar él las suyas. Intentó robar a dos negros vendedores ambulantes, a varias familias y en tres chiringuitos, pero en vano. En todos los casos fue agredido de forma física y/o verbal, y eso, por supuesto, hirió su sensibilidad, así que volvió a por sus cosas, dispuesto a irse. Pero cuando llegó, sólo encontró las toallas, pues la sombrilla se la había llevado el viento a varios hectómetros de distancia, pero Gumersindo pensó, por supuesto, que se la habían robado. Eso lo enfadó aún más.
El día 3 de julio, Gumersindo llegó a la playa sin percances, sólo con sus toallas, las cuales dejó casi en el rompeolas. Gumersindo nadó hasta que ya fue de noche, y cuando salió del agua... ¡sus toallas no estaban! Su las había llevado la marea, pero Gumersindo pensó que se las habían robado.
Gumersindo regresó a su casa en bañador, y por el camino, a la luz de las farolas, reflexionó sobre lo que había pasado. Al final, llegó a la conclusión de que el problema estaba en la gente de la playa a la que él iba, que era incapaz de aceptarlo y comprender sus problemas y necesidades.
«Mañana mismo», pensó, «me voy a otra playa».
¡Malditos playeros!









