¡Brrrrrrrrumb! ¡Brrrrrrrumb!
Elena estaba harta del mismo camino anual, sentada junto al esquizofrénico del volante que no paraba ni para mear.
- Pepe, para, que tengo pis.
- Espera. Un poco más.
Y Elena se retorcía en el asiento del copiloto, tal que si intentase provocar sexualmente al majadero que sólo veía kilómetros.
Respiraba con jadeos, como si estuviera dando a luz. "Sopla, sopla". Tenía en la mente los consejos de las comadronas después de dos partos y pensó que tal vez fueran eficaces para impedir una salida no deseada de momento, hasta que el tocacosas se cerciorase de que todo iba bien y no había cordón umbilical arrollado al cuello.
"¿Pero qué idioteces estoy pensando?" se dijo. "¡Que me meo, coño!".
- ¡Pepe, para! ¡Que no me aguanto más!
- Espera cariño, un poco más adelante.
- ¡O paras o pido auxilio a los picoletos del cruce!
Y Pepe, sabiendo que Elena era capaz de esto y mucho más, puso el intermitente y se desvió dulcemente a la derecha, ante uno de los bares de carretera que la jalonaban constantemente.
Elena salió disparada como si la quisieran violar. Entró en el establecimiento y echando un entendido vistazo, se dirigió directa a los servicios.
Al salir (con una cara que daba muuuucho miedo), encontró al psicópata del volante en la barra, degustando una cerveza fresquita.
- ¿Qué quieres tomar, cariño?
- Te lo diré en el coche. Vamos.
Perplejo el Fernando Alonso de Sevilla, la siguió. Sabía que más le valía cuando Elena estaba así.
Una vez dentro del coche, Pepe quiso chulear.
- ¿Y ahora qué te pasa?
Se calló al recibir en todos los morros un paquete húmedo y de olor no agradable precisamente.
- ¿? Pero... pero...
- ¡Esto son mis bragas, cretino! Y como no pares cuando te lo diga, vas a conocerlas más a fondo.
Pepe enfiló de nuevo la carretera en silencio. Pero como era como era sin remedio, recibió más impactos de esos a lo largo del viaje.
Los hay que no aprenden ni a la de tres. Ni cinco. Ni cincuenta.
