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miércoles, 24 de julio de 2013

Gumersindo: El buen playero

Concurso Veraniego de Relatos Cortos Nº9

Nº 8, La suerte de Poncio (Primer relato)
Nº 7, Amarillo, rojo y verde
Nº 6, El fantasma de playa La Barrosa
Nº 5, El mirón de la montaña
Nº 4, Un verano maldito
Nº 3, Un verano candente
Nº 2, EL REGRESO DE LOS DIOSES
Nº 1, Golpe de calor justiciero 



Yo, Gumersindo, disfruto de los veranos yendo a la playa. 

Me voy a una playa cualquiera, y al poco tiempo tengo problemas con los playeros de la zona. Discuto con ellos, me hostigan, me hablan mal... son unos malos playeros. Y lo peor de todo es que hay otros playeros, muy pero que muy malos, que los apoyan. Incluso una niña con la que me crucé un día de camino a la playa está con ellos.

Me voy a otra playa, y otra vez lo mismo. La plaga de los malos playeros. Me atacan y se meten conmigo. Son agresivos, están enfermos... y mientras insisto en que soy un buen playero, me voy cambiando de playa. Cambio de mares, de océanos, de ríos y de lagos, pero más tarde o más temprano, lo mismo: la plaga de los playeros que no me dejan en paz. Esos malditos playeros que no me comprenden.

Pasan los veranos, y no importa la playa a la que vaya, siempre acabo teniendo problemas. Aprovecho la Comunidad de blogs de El Periódico del Prat para hacer saber al mundo mi situación de víctima.

Tras quinquenios de malos playeros que jamás me entendieron ni me toleraron, deduzco, según mi sana e irrefutable lógica, que el problema no está en mí, sino en los playeros.

¡Malditos playeros!

La suerte de Poncio ( Primer relato )

Concurso Veraniego de Relatos Cortos Nº 8

Nº 7, Amarillo, rojo y verde
Nº 6, El fantasma de playa La Barrosa
Nº 5, El mirón de la montaña
Nº 4, Un verano maldito
Nº 3, Un verano candente
Nº 2, EL REGRESO DE LOS DIOSES
Nº 1, Golpe de calor justiciero





Comprobarán ustedes si Poncio es un hombre de suerte o no lo es, es decir: un hombre con buena suerte o con mala suerte. Veremos que la suerte es cambiante, esquiva, remolona, jodedora, caprichosa... lo que quieran. Es muy suya.
Pero dejemos a este Poncio, al que todavía ni siquiera conocemos ( aún no le he dado ni una pista a la sagaz Doña Leona ) y vayamos con otro personaje del relato, "el otro" personaje del relato, pues el resto son comparsas. En un relato es más fácil ahorrarse personajes que en una peli. ( En el anterior me sirvió con un matrimonio dicharachero y la colaboración de un toro y un cabo de la guardia civil ) Bueno, miento, también aquí hay una colaboración especial: Vicente )

Vista superficialmente es una tía buena en bikini de color malva, tumbada boca abajo sobre una toalla playera con motivos marineros, ( delfines felices y barquitos veleros ) larga melena negra recogida con un lacito a juego con el bikini, piel muy morena y un libro bajo su mirada atenta, la última novela de la autora de ficción histórica Teresa Coscojuela: "Santiago Matamoros contra los invasores de Reticulín"
Si nos acercamos mucho más leeremos su nombre en el DNI que guarda en el bolso: Cristina Falconetti Garmendía, 37 años, hija de Paolo y Jesusa, nacida en Torrejón del Jodorrio, Madrid. Esta belleza playera es española de madre idem y padre italiano, y trabaja en la empresa de creativos publicitarios "Imaginary and Entertaining Company", un nombre muy español si se traduce.







( Imágenes playeras para dar un poco de colorido al relato. En las fotos de más arriba: Alicante, lugar en donde transcurre la historieta )



"Muere, reticuliniano infiel!", y de un certero espadazo segó la cabeza del humanoide escamoso que se negaba a abrazar la fe en Cristo Nuestro Señor" A pesar de lo interesante de narración coscojuelana, Cristina alzó la mirada porque la gente de las toallas y sombrillas próximas estaban haciendo comentarios en voz alta sobre un extraño individuo que caminaba por la orilla, entre los bañistas y las sombrillas de la "primera línea de playa", la de las familiadas madrugatas. Pronto adivinó el motivo del chismorreo. Hasta entonces había visto de todo a la playa: ligones playeros con musculitos y sin musculitos, barrigones deprimentes, imbéciles jugando a la pelota o con perros, pederastas babeando delante de los niños, emigrantes vendiendo gafas de sol o cedés... Pero aquello era inédito para ella, y para todo el mundo, aquello no lo había visto jamás porque aquello no se veía desde "los locos años veinte" El caballero en cuestión vestía un bañador como los que se usaban en el primer cuarto del pasado siglo. Cristina se puso a cavilar, pues a fin de cuentas era lo suyo como creativa: Publicidad de alguna discoteca?, un amante de la moda camp?, alguna firma de bañadores tratando de "regresar" a esta moda primitiva?, o quizá simplemente un excéntrico o loquito actuando por su cuenta?...




Pero esta vez falló la perspicacia de la publicista, ya que no se trataba de nada de eso. Admiró, eso sí, la gallardía y la serenidad con la que paseaba aquel hombre, sin inmutarse, como si no fuese el centro de todas las miradas y comentarios. Aquel sujeto encerraba algún misterio y Cristina se quedó con las ganas de saberlo. Su mirada no era la de un loquito, le pareció un hombre templado e incluso inteligente. Por qué se paseaba por la playa con un bañador de la época de maricastaña?
Tuvo una brillante idea que la impulsó a seguirle, pero el individuo ya se había perdido entre la multitud de playeros que colmaban la playa de San Juan en Alicante. No obstante recogió la toalla, se puso la chanclas e inició la búsqueda. Debía encontrarlo a toda costa, era el hombre que necesitaba!

Aquí concluye un relato para concurso, pero la historia tiene su continuidad en el siguiente relato para concurso, je, je!, es decir: son relatos independientes para los votantes, pero se complementan en el posible interés que suscite la historia para los lectores. ( En cuanto una historia se me alarga un poquito, me veo obligado a trabajar así, Doña Leona, usted lo sabe. Pero si hay un poblema, con poner ambas partes fuera de concurso, solucionado )

domingo, 21 de julio de 2013

El fantasma de playa La Barrosa

Concurso Veraniego de Relatos Cortos número 6.

Nº 5, El mirón de la montaña
Nº 4, Un verano maldito
Nº 3, Un verano candente
Nº 2, EL REGRESO DE LOS DIOSES



En Chiclana (Cádiz), hay una bonita playa llamada La Barrosa con una loma coronada por una antiquísima torre de la que nadie sabe nada. ¿O sí? Esto se preguntaba Catalina desde que llegó del noreste a pasar unos días de vacaciones. Allí esperaba encontrarse con su amiga Anita que vendría de la otra punta de la piel de toro con su cocodrilo amaestrado. Nooo... Anita no trabaja en ningún circo ni iba a llegar con un saurio de 80 dientes, es que le encanta referirse así a su amor, je je je...

Estaba Catalina haciéndo unas fotos al torreón desde distintos ángulos, cuando notó un revuelo. Un hombre de aspecto un tanto raro se acercaba, seguido por chiquillos escandalosos que gritaban "¡El loco! ¡El loco!"
A veces, Catalina se preguntaba dónde coño estaba Hérodes... Y su amiga Anita solía hacérse la misma pregunta. A ambas les gustaban los niños, pero es que algunos...
Procurando disimular con su cámara, observó de reojo al hombre. No parecía muy cabal, no. Se plantó ante el torreón y levantó el puño gritando "¡La peña! ¡La peña! ¡Treason!". Los chiquillos prorrumpieron en carcajadas "¡Ya está con su peña y su treason!" y empezaron a tirarle piedras de las que se habían aprovisionado previamente al parecer. Catalina se cabreó ante el salvajismo y guardándose la cámara en el bolso, se fue derecha a ellos, afeándoles su conducta. Pareció que no estaban acostumbrados a esto, que nunca antes nadie había intervenido, así que primero se quedaron confusos, pero el cabecilla reaccionó y dijo muy puesto, por todo argumento: 
-¡Está loco!
-¿Os ha hecho daño?
-No, pero...
-No hay pero que valga. Es como si tiraséis piedras a vuestro abuelo porque ya no se acuerda de muchas cosas.
Los monstruos de patas cortas bajaron la cabeza porque algunos tenían este asunto en la familia y acabaron marchando sin dejar de mirar atrás de vez en cuando.
Catalina se giró, pero el hombre había desaparecido.

Al día siguiente llegó Anita con su cocodrilo y ambas se fusionaron en un largo abrazo, pues se habían conocido por internet y era la primera vez que se veían.
-¡Tengo tantas cosas que contarte, guapa!
-Y yo, Anita, y yo.
-Bueno, en este caso, creo que mejor me pierdo por ahí, chicas -dijo el coco-.
-Pero...
-¡Dejále! Él se pierde un rato y nosotras nos ponemos al día con pelos y señales. ¡Ja ja ja!

Después de ponerse al día, Catalina le contó lo sucedido el día anterior con "el loco". Tal como suponía, su amiga llamó a Hérodes a gritos, pero el tipo no respondió. Ése sólo va donde no debe: a guerras y matanzas de inocentes.
A mediodía comieron los tres unos pescaítos fritos de muerte y charlaron. Anita le comentó al coco lo del "loco". Aún estaba indignada, aunque Catalina no le daba más importancia porque sabía que niñatos así los hay en todas partes. Son como antaño el sarrampión, hay que pasarlo porque está ahí y no le puedes dar esquinazo.
Después de una pequeña siesta, Catalina los llevó al torreón. Contemplaron la edificación y ésta comentó el agujero que había en su mitad. ¿En qué época fue hecho ese boquete? ¿Cómo?
En eso que Catalina vió al hombre del día anterior y alertó a sus amigos con disimulo. Vestía unos harapos raros, no eran ropas de hoy día, aunque su porte era majestuoso. "Guerrero", pensó Catalina inmediatamente.
Hizo lo mismo que la otra vez, se plantó ante el torreón, desafiante y gritó "¡La peña! ¡La peña! ¡Treason!".
-Pobre hombre -murmuró Anita-, parece inofensivo, toda su ira la vierte sobre esas piedras viejas.
- Treason es "traición" en inglés, chicas -soltó el cocodrilo-.
Y la cabeza de Catalina empezó a echar humo. Se fijó bien en el rostro del "loco", lo memorizó. Esa noche, después de cenar con sus amigos, abrió su portátil y empezó a teclear. A las cinco de la madrugada se acostó con una dirección apuntada: calle Vega, número 6, la biblioteca pública García Gutiérrez de Chiclana. Había encontrado en internet lo suficiente, pero quería asegurarse con libros, algo palpable.

-¡Vamos a la playa, Catalina! -saludó gozosa Anita a su amiga por la mañana-.
-Id vosotros, yo tengo algo que hacer.
-¡No me digas! ¿Has ligado? ¡Ja ja ja!
-Sí, con un fantasma.
-¡Niña! Esto no está bien. Ligar con un cocodrilo es estupendo, pero los "fantasmas" siempre traen problemas.
-No es lo que tú piensas, Anita, je je je... Id vostros, que a mí la playa no me atrae demasiado. A mediodía os lo contaré todo.
-¡Uy!, qué misteriosa...

A las dos se reunieron en el restaurante La Sartén y Catalina acudió cargada con un par de libros. Abrió uno con una foto y la enseñó sin decir nada, atenta a la reacción de sus amigos. Éstos no hicieron mucho caso al principio, hasta que ella les preguntó "¿No os suena esa cara?"


-¡Joder, si es el hombre ese! Bueno, aquí está más joven, diría yo, pero es que son tan parecidos... -Anita alucinaba-.
-Es sir Thomas Graham, el general británico que luchó aquí, en Chiclana contra las tropas francesas de Napoleón, junto a las españolas y portuguesas.
-¿Qué quieres decir?
-Que en esta playa de La Barrosa hubo una batalla histórica en 1811, la independencia española de la invasión napoleónica.
Catalina abrió otra página, mostrando un cuadro pintado:



-¡Pero si es este torreón!
-Sí, pintado en 1812, y podemos ver el mismo boquete que hoy, causado por la artillería.
-¿Pero qué tiene que ver el loco que hemos visto con eso? -apuntó el cocodrilo-.
-"La peña" que grita siempre, es el general español Miguel de la Peña. Se negó a colaborar con los británicos a pesar de estar en el mismo bando y por su culpa perdieron esa batalla, al ir por libre. Era un fantoche ansiando medallas, uno de esos que llevan a la muerte a los soldados. En el bando británico perecieron más de 5.000 soldados por su traición, mientras que sólo 400 españoles al esconderse como ratas.
-Pero... pero... -Anita no atinaba a decir lo que sentía-. ¿No me digas que este hombre es el general ese traicionado por el español?
-Quien sabe, querida amiga, quien sabe... Abre tu ordenador y estudia las fuentes tecleando 'batalla de La Barrosa'.


viernes, 19 de julio de 2013

El mirón de la montaña

Concurso Veraniego de Relatos Cortos. Nº 5

Nº 4, Un verano maldito
Nº 3, Un verano candente

     


Ambrosio era un apocado y con todo su apocamiento entró en aquella tienda especializada. Se había trasladado a la ciudad porque en su pueblo no vendían lo que el quería.
- En qué puedo ayudarle, caballero?
- Eh... - Carraspeó, se rascó el cogote como intentando recordar qué era lo que le había traído a la tienda. - Eh... sí, unos prismáticos.
Se puso colorado como si fuese un adolescente preguntando por condones en la farmacia.

Ambrosio salió de la tienda con sus flamantes prismáticos. Pronto iba a realizarse el sueño que llevaba acariciando tanto tiempo. Por fin se había decidido a dar el paso.
Ambrosio era un reprimido, un solterón de treinta y cinco años, algo corto de entendederas, que vivía con su anciana madre y se ganaba la vida pastoreando las cabras de un vecino. A algunas de las cabras más sumisas se las beneficiaba sexualmente, después de haber conseguido la erección hojeando una revista porno que también compraba en la ciudad.



    

Al pie de la montaña en la que Ambrosio ejercía de cabrero había una playita nudista. Y con estos datos en la cuenta, mis lectores más sagaces ya se habrán hecho una idea del rumbo que va a tomar este relato. Seguro que Doña Leona, que es la más sagaz de todos, se lo ha olido desde el principio.


   


Ambrosio estrena sus binoculares de muchísimo aumento con un cosquilleo de emoción y un principio de erección. La temporada estival está recién iniciada y la playita ya se encuentra a tope de nudistas, los habituales de todos los años y algunos nuevos, pues cada verano que pasa llega gente nueva. El nudismo es un gran invento que consiste en reinventarse uno mismo, en ser un mono desnudo de verdad, integralmente desnudo en contacto con la Madre Naturaleza. Pero para individuos como Ambrosio esto es cosa de otros. Jamás se desnudaría Ambrosio en público, y tampoco el gran hermano musulmán Mohamed Morsi, ni Don Luis Barcenas nos mostraría otra cosa colgante que no fuese su corbata.

"Jo, qué tetazas y qué culo tiene la francesa que acude todas las mañanas a la panadería del pueblo!"... "Me está poniendo cachondo y ya tendrá sus cuarenta y cinco añitos!"... "Y esa quinceañera que se le acerca debe ser la hija. Uy, qué figurita más linda!"... "Anda, y mira al abuelete con el pingajillo colgando y apoyándose en el bastón, je, je!"
Siguió observando uno a uno a los nudistas, especialmente "una a una", mientras notaba que el pene adquiría la rigidez de los grandes momentos. Pero de pronto ocurrió algo inesperado que le provocó un susto morrocotudo. Alguien le miraba a su vez a él, también a través de unos prismáticos. El "agente de contraespionaje" se apartó los prismáticos de la cara y siguió mirándole. Hizo lo propio Ambrosio tras reconocer al enemigo, que no era otro que el famoso Robert Sandcastle, un inglés de los más veteranos entre los nudistas, conocido en todo el pueblo ( vestido, por supuesto ) por su afición a jugar al mus en la cafetería "Cataluña Española"
Mister Robert se sentía jubiloso pues por fin disponía de una prueba para callar los comentarios sarcásticos de sus compañeros nudistas. El siempre había sostenido que les vigilaban desde la montaña, recibiendo contestaciones del tipo: "You are a paranoiac, Robert!" Ja, ahora tenía la prueba definitiva y se sentía más orgulloso que un cazador de imágenes de ovnis, pues el voyeur había quedado debidamente registrado en su DEV-50V, la última virguería de la técnica, prismáticos de Sony que disponen de un zoom gradual de entre 0'8 y 25 aumentos y de una cámara digital de video de alta definición. ( Una tontería para el bolsillo: 2.100 euros )


Ambrosio no pudo conciliar el sueño aquella noche. Le habría reconocido el inglés?... Dios, qué situación más jodida! "Seguro que mañana está allí vigilándome, si es que no ha ido a denunciarme ya al cuartelillo"
A la mañana siguiente, Ambrosio volvió con sus cabras a la montaña, pero estaba firmemente decidido a no mirar más a los nudistas. Sin embargo, a media mañana sucumbió a la tentación. Los prismáticos los tenía allí escondidos, pues no los había llevado a casa para que no los descubriese su madre. Y volvió a recrearse con las anatomías lozanas de las señoras francesas, inglesas y unas pocas alemanas y españolas, y comparando las larguras de los penes de los caballeros. Y, eso sí, esta vez se hallaba agazapado entre dos arbustos altos y a unos cien metros de su posición del día anterior, para no ser detectado por el inglés. Lo que ignoraba el voyeur onanista era que el enemigo le vigilaba desde muy cerca, allí mismo, en la montaña, y que el episodio de contraespionaje culminó con la grabación de la pajilla con la que Ambrosio puso el punto final a su morbosa actividad.

La fatalidad llegó para el mirón de la montaña cuando ya regresaba con las cabras al pueblo, justo antes de cruzar por el antiguo lavadero, punto en el que unen el camino del monte y la calle General Zurbano. Allí le estaban esperando a Ambrosio los nudistas ( ahora veraniegamente vestidos ) Robert Sandcastle y Walter Penis, y ambos con caras de muy pocos amigos.
Mister Sandcastle no se anduvo con rodeos, haciéndose entender en un español correcto:
- Entréguenos ahora mismo toda su ropa y los prismáticos. Venga, desnúdese!
Ambrosio estuvo tentado de salir corriendo, pero las cabras le obstaculizaban el paso.
- Haga lo que le digo o mi amigo le hará una llave de karate, pero yo puedo ser más expeditivo. - Y extrajo de su riñonera una pistola con la que le apuntó a la cabeza. Ambrosio sintió auténtico terror y , sin decir ni pio, se quitó la ropa.
- Todo, el calzoncillo también! - Bramó el pistolero naturista. Y Mister Penis no sabía como contener la risa, pues hasta hace poco dudaba de que aquella pistola de juguete de su hijo pequeño pudiese dar el pego, pero... ah, se han llegado a atracar bancos con pistolas de juguete!, el miedo no deja pensar.
- No me haga daño, por favor! - Acertó a balbucear el humillado voyeur, mientras se bajaba el calzoncillo verde clarito.
- No se preocupe, nos conformamos con que camine hasta su casa en pelotas. Mañana le enviaremos la ropa, sabemos en donde vive. Va a "disfrutar" usted de la experiencia inolvidable de verse observado por gente morbosa, mientras unos le insultan y otros se ríen. Le advierto que es una experiencia apasionante porque nosotros hemos pasado alguna vez por situaciones parecidas.
De nada sirvió que les implorase de rodillas que no le dejasen así. El acojonadísimo Ambrosio tuvo que pasar de esta guisa por el centro del pueblo, pues no había otro camino para llegar a su casa. Con una mano delante y otra detrás fue observado por todos los paseantes vespertinos congregados en las terrazas de los bares o en los bancos de la Plaza Mayor, convirtiéndose en la mayor atracción veraniega de Lloret de Valdivieso. Risas, groserías, sarcasmos y un montón de móviles fotografiándole y grabándole en video. Y para colmo las cabras se habían desperdigado por todo el pueblo.

Al día siguiente recibió un paquete con la ropa, los zapatos y los prismáticos, y una nota: "Si vuelve a las andadas pondremos en los bares un video en el que se le ve a usted meneándose su ridícula colita. En sesión para adultos, of course" ( Por supuesto )