RELATOS ANTERIORES
Fábrica de Sueños
Risa cantarina
¡Antes le pegaré fuego!
El chuchete poseido por la nutria
MOSQUITO
La playa de mamá. Iñaki Zurbano Basabe
España,
años 50
Alicia y Carmela eran gemelas y huérfanas. Su madre había muerto dos años antes, cuando ellas tenían tan solo cinco añitos. Vivían en un pueblecito pequeño de la muy ancha y deprimida Castilla, condenadamente fría en invierno y seca y ardiente en verano.
Todos los veranos recordaban la playa de mamá echando agua en un pequeño hoyo que ellas habían cavado con sus tiernas manitas. Su abuela no les dejaba que echasen mucha agua al hoyo, pues el agua era tan escasa como el dinero en aquella época de pertinaz sequía y atroz posguerra. Y pasaban hambre. Pero si su abuela se mostraba generosa un día y les permitía llenar el hoyo con el cubo de agua, ellas se sentían muy felices recordando la playa. Imaginaban que el hoyo con su agüita era una hermosa playa del Mediterráneo, porque su mamá había conocido la playa y les había hablado mucho de ella, de lo grande que era y de lo grande que era el mar que la bañaba, y de que el sol era muy querido por las gentes que iban a la playa, lo contrario que ocurría en esta Castilla de sol furioso que se negaba a que la lluvia mojase los árboles y los campos.
Mamá murió de cáncer y se llevó con ella los bonitos relatos que les contaba de la playa y de la gente playera. Pero Alicia y Carmela continuaron todos los veranos, a sus siete, ocho, nueve, diez años, recordando la playa de mamá. ¿Ellas conocerían alguna vez la playa?... Posiblemente no porque en aquella Castilla pobre y seca sólo viajaban a la playa los ricos: los señores terratenientes y sus hijos los señoritos. Tampoco Carmela llegaría a conocer la playa porque se la llevó al Cielo el maldito tifus. Ya existía una vacuna desde después de la segunda guerra mundial, pero España era España y, en cierto modo, sigue siendo España.
Alicia continuó en los siguientes veranos llenando el hoyo con el agua del pozo, cada vez que se lo permitía su abuela, y muchas veces lloraba al pensar que Carmela ya no iba a conocer la playa, la playa de mamá, la de verdad, no esta que la representaba.
España, años 60
El destino quiso que Alicia conociese la playa. Era otra época, la gente empezaba a viajar. Algunos pobres menos pobres ya viajaban. Alicia y su marido viajaron de luna de miel en su recién estrenado seat 600. Tortuosas carreteras les condujeron hasta una playa del Mediterráneo. Alicia le pidió a Antonio que la dejase sola. Él ya sabía que ella quería reunirse espiritualmente con su madre y su hermana durante al menos una hora, se lo había comentado más de una vez mientras fueron novios.
Se fue acercando a la orilla, hasta donde el mar permitía que las olas formasen sus últimas espumas. Se postró de rodillas en la tibia arena y miró al cielo.
"¡Mamá, Carmela, esta es nuestra playa!... Por fin estamos las tres juntas porque sé que vosotras estais aquí conmigo. Carmela, mírala bien, mira la arena, mira el agua. ¡Es nuestra playa!... ¡Es la playa de mamá, Carmela!... ¡Es la playa de mamá!
Después lloró en silencio durante mucho tiempo. Ellas estaban allí y acariciaban sus cabellos con el viento. Y la besaban. Alicia sintió los besos de Carmela y de mamá. Alicia sintió todo el amor que su madre y su hermana le daban desde el Infinito. Y sonrió porque vio sus rostros en el cielo rojo del atardecer. Y oyó la voz de Carmela.
"¡Es la playa de mamá, Alicia!"
Alicia y Carmela eran gemelas y huérfanas. Su madre había muerto dos años antes, cuando ellas tenían tan solo cinco añitos. Vivían en un pueblecito pequeño de la muy ancha y deprimida Castilla, condenadamente fría en invierno y seca y ardiente en verano.
Todos los veranos recordaban la playa de mamá echando agua en un pequeño hoyo que ellas habían cavado con sus tiernas manitas. Su abuela no les dejaba que echasen mucha agua al hoyo, pues el agua era tan escasa como el dinero en aquella época de pertinaz sequía y atroz posguerra. Y pasaban hambre. Pero si su abuela se mostraba generosa un día y les permitía llenar el hoyo con el cubo de agua, ellas se sentían muy felices recordando la playa. Imaginaban que el hoyo con su agüita era una hermosa playa del Mediterráneo, porque su mamá había conocido la playa y les había hablado mucho de ella, de lo grande que era y de lo grande que era el mar que la bañaba, y de que el sol era muy querido por las gentes que iban a la playa, lo contrario que ocurría en esta Castilla de sol furioso que se negaba a que la lluvia mojase los árboles y los campos.
Mamá murió de cáncer y se llevó con ella los bonitos relatos que les contaba de la playa y de la gente playera. Pero Alicia y Carmela continuaron todos los veranos, a sus siete, ocho, nueve, diez años, recordando la playa de mamá. ¿Ellas conocerían alguna vez la playa?... Posiblemente no porque en aquella Castilla pobre y seca sólo viajaban a la playa los ricos: los señores terratenientes y sus hijos los señoritos. Tampoco Carmela llegaría a conocer la playa porque se la llevó al Cielo el maldito tifus. Ya existía una vacuna desde después de la segunda guerra mundial, pero España era España y, en cierto modo, sigue siendo España.
Alicia continuó en los siguientes veranos llenando el hoyo con el agua del pozo, cada vez que se lo permitía su abuela, y muchas veces lloraba al pensar que Carmela ya no iba a conocer la playa, la playa de mamá, la de verdad, no esta que la representaba.
España, años 60
El destino quiso que Alicia conociese la playa. Era otra época, la gente empezaba a viajar. Algunos pobres menos pobres ya viajaban. Alicia y su marido viajaron de luna de miel en su recién estrenado seat 600. Tortuosas carreteras les condujeron hasta una playa del Mediterráneo. Alicia le pidió a Antonio que la dejase sola. Él ya sabía que ella quería reunirse espiritualmente con su madre y su hermana durante al menos una hora, se lo había comentado más de una vez mientras fueron novios.
Se fue acercando a la orilla, hasta donde el mar permitía que las olas formasen sus últimas espumas. Se postró de rodillas en la tibia arena y miró al cielo.
"¡Mamá, Carmela, esta es nuestra playa!... Por fin estamos las tres juntas porque sé que vosotras estais aquí conmigo. Carmela, mírala bien, mira la arena, mira el agua. ¡Es nuestra playa!... ¡Es la playa de mamá, Carmela!... ¡Es la playa de mamá!
Después lloró en silencio durante mucho tiempo. Ellas estaban allí y acariciaban sus cabellos con el viento. Y la besaban. Alicia sintió los besos de Carmela y de mamá. Alicia sintió todo el amor que su madre y su hermana le daban desde el Infinito. Y sonrió porque vio sus rostros en el cielo rojo del atardecer. Y oyó la voz de Carmela.
"¡Es la playa de mamá, Alicia!"











