Un reflejo de los duros comienzos y cuatro supersticiones teatreras.
Las pasé canutas en mi primer ensayo como actor profesional. Fue en el Teatro Popular Español, instalado en Portugalete. María Teresa Pozón era una primerísima actriz, pero sumamente exigente como directora. En aquella obra, la "alta comedia" de Torrado y Navarro "Dueña y Señora" ( Todas las carpas de repertorio debutaban en las plazas con una "alta comedia", pues estaba demostrado que cuando lo hacían con una comedia cómica se resentía la taquilla los siguientes días ) yo sólo tenía dos frases. Mi primera entrada era para decir "el Señor Conde acaba de llegar", y en la segunda anunciaba: "los señores pueden pasar al comedor" Queda claro que hacía de mayordomo. Pues no había manera, Teresa Pozón se empeñaba en que no daba el tono adecuado y me hizo sudar tinta china. Venga y venga a repetir. En las demás comedias, unos veinte que teníamos en repertorio, en las que hice papeles largos, no de dos frases, no me machacó tanto como aquel día. A veces he pensado que me estuvo probando, que quiso saber si yo era realmente vocacional y podía someterme a su disciplina. Algo así como el sargento que putea a los reclutas en la mili.
María Teresa Pozón y su hermano Manolo Andrade habían sido hasta hace poco los dueños del teatro, pero se lo vendieron a la familia Melgar ( recuerden el post "Un clown en La Malquerida": Tino Melgar y Tino Garciluis ) y Teresa quedó contratada como primera actriz y directora. Era una actriz como la copa de un pino, tanto para lo cómico como para lo dramático, pero muy mandona y tremendamente supersticiosa.
A Arturo Ladehesa, un actor de la compañía, se le rompió el espejo que utilizaba para maquillarse. Eso fue horas antes de debutar en Torrelavega ( Cantabria ) Pues bien, el negocio fue fatal en Torrelavega, y, por supuesto, según la señora Pozón se debió a la rotura del espejo.
Yo me llevé un día una bronca de campeonato durante un ensayo porque me sorprendió sentado en la concha. Al parecer era de muy mal fario, según ella, sentarse sobre la concha del apuntador. Me acojonó la reprimenda, sobre todo porque no tenía ni puta idea de esa superstición. ( En mi próximo post les contaré una anécdota protagonizada por un apuntador )
La gran actriz tenía un pánico atroz a pronunciar o que alguien pronunciase en su presencia la palabra "culebra" Tal palabra había sido tachada en los libretos de las obras en las que aparecía.
El amarillo es otro gran gafe para los teatreros, pero ahora voy a hablar de otro actor: "Paquito de Lucio", el mayor "amarillofóbico" que he conocido, si se me permite la palabreja. Don Paquito, hombre ya mayor cuando le conocí, bajito de estatura, regordete y de cabeza cuadrada ( física y mentalmente ) era hijo de uno de los autores más fecundos de la dramaturgia española: José de Lucio, pero no había heredado el talento de su padre, era un tanto zoquete. Como actor era un remedo de Martínez Soria o Camoiras, utilizaba los mismos trucos y falsetes de voz de los autores de la vieja escuela, pero no les alcanzaba en talento.
Trabajé durante una temporada en la "Compañía de Comedias de Paquito de Lucio" Representábamos la obra "Qué hacemos con los viejos?" El señor de Lucio se aferraba a las comedias que venía representando desde el año de Maricastaña, porque había perdido memoria y le era imposible aprenderse textos nuevos. Los representantes de tercera fila nos organizaban rutas demenciales y en muchos de esos pueblos acudía poquísima gente al teatro. Un desastre absoluto para un hombre que en su vejez seguía considerándose un gran primer actor; un hombre con una enfermiza obsesión por el amarillo que hasta le impedía sentarse en las terrazas de los bares cuyas mesas eran amarillas.



