Viene de Los de la XIII legión Gemina
Las puertas de la sala de trabajo se abrieron y el lugarteniente entró sonriente, acompañado del lobo.
- Lobo Gris me ha dicho que venga.
- Sí -dijo la mujer-, se lo he pedido porque ha estado investigando según mis instrucciones.
- ¿Ha encontrado algo bueno?
- Tal vez... Mira esta lista, son sospechosos de traición - y le tendió un folio-
Nando fue leyendo los nombres. Ahora estaba serio, todos sus sentidos alerta; llegó con ganas de broma, como siempre; una vez, mientras la mujer firmaba un documento, él se entretuvo pintarrajéandole la mano con un boligráfo, con la que firmaba, sólo por bromear, esperaba que interrumpiese la firma o le saliera un garabato. Ni lo uno ni lo otro, la mujer acabó la firma, imperturbable y no dijo nada, como si no hubiera pasado. El lugarteniente admiraba a la mujer, la había puesto a prueba muchas veces y en una ocasión fue él quien le pidió ayuda en un asunto personal, muy íntimo.
Al leer el último nombre de la lista su rostro cambió, abrió la boca, en un gesto de franca sorpresa y miró a la mujer, aunque no le salían las palabras, sólo negaba con la cabeza.
- Lobo Gris no se equivoca, Nando, sabes que es imposible. Bucea en la mente y "ve" hasta lo más oculto y recondito.
Nando miró al huargo que estaba a su lado, el cual le devolvió la mirada, confirmando lo que había dicho la mujer. Se hundió. Apretó los puños y se volvió de espaldas, derrotado, se llevó un puño a la boca y lo mordió, un gesto característico en él cuando se sentía impotente, cuando sus casi dos metros de estatura y sus músculos de acero no le servían de nada ante algo que precisaba otros medios que no fueran la fuerza física y tenía que aparcar esta.
La mujer lo observaba con tristeza. Era consciente del tropel de sentimientos que embargaban a su lugarteniente y por un momento pensó si debía temer una reacción no deseada. Miró al huargo para que estuviera alerta, pero no era necesario, Lobo Gris no perdía detalle de la mente del hombre.
Detrás del vidrio, Tito Pulio apretó las mandibulas y su rostro era una máscara que reflejaba el odio a la traición. Lucio Voreno se mantenía sin expresión alguna, acostumbrado a ello, siempre sirviendo a los que mandaban, sin exteriorizar sus sentimientos, pero su mente volaba.
Atia estaba muy interesada, aunque por el lugarteniente. Nunca lo había visto así, las pocas veces que había entrado en la sala de trabajo fueron para detener a alguien y lo consideraba un soldado más, sin ningún interés, pero esta reacción, sumada al hecho de una traición, había despertado su instinto libidinoso. "Qué lástima que nos separe esta dura pared transparente", pensó, soñando en gozar sexualmente de él.
Marco Antonio seguía con su sonrisa sardónica, no muy consciente ya de dónde estaba, puesto que seguía viendo a Octavio como el adolescente del principio y no se había dado cuenta de la ausencia de los otros.
En cuanto a César Octavio, luego llamado Augusto, continuaba tranquilo, observando lo que ocurría, esperando la promesa de la mujer del teclado. Así sería su vida al casarse con Livia, siempre dejando en manos de una mujer inteligente el gobierno de Roma.
Continuará...

