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martes, 27 de agosto de 2013

TECLEANDO EN VERANO (V)

Atia y Servilia

Viene de El prisionero


Mientras la mujer del teclado, su lugarteniente y su huargo estaban enfrascados en su trabajo, intentando descubrir a los infiltrados y atrapar al traidor, tras el vidrio blindado, la infame Atia no cejaba en su empeño de herir a Servilia, la amante de su tío Cayo Julio César.
Servilia tampoco era de buena pasta. Mujer rencorosa y vengativa, cuando Julio César le dijo que todo había terminado entre ellos, pasó del amor al odio y no cejó hasta obligar a su hijo Bruto a asesinar al César.
La mujer del teclado sabía todo esto, motivo por el cual pasaba de sus invitados. Le producían arcadas, pero tenía que contenerse para que no se soliviantasen y causaran problemas.
Ya tenía preparado un dispositivo que les aislaría a cada uno de ellos en caso de necesidad. No temía por Lucio Voreno ni Tito Pulio, los dos soldados armados de la XIII legión, sabía que no empuñarían sus espadas contra ninguno de los romanos recluídos, pero tampoco podía contar con ellos. Eran de otro mundo, de otra época y no entendían donde estaban.

Atia se acercó a Servilia y le acarició el rostro. Solía hacerlo, mostrarse agradable y cariñosa, mientras por la espalda clavaba la puñalada, como cuando ordenó a Timón, el judío a su servicio y amante suyo, que sus hombres asaltasen la litera de Servilia, asesinaran a sus esclavos y a ella le cortasen el pelo y la desnudasen en medio de la calle.

- Querida Servilia, ¿no te da miedo esta mujer que nos tiene prisioneros?
- No. -respondió la de la Casa Junio, seca y distante-
- No quiero alarmarte, mi querida amiga, pero... ¿y si nos ofrece a sus hombres?
- Estoy segura de que no.
- Tal vez... -y acarició el rostro de Servilia- Pero... ¿y si prefieren jóvenes guerreros?...
- Mi hijo Bruto está a salvo. Preocupáte del tuyo, Octavio, que es más joven y no sabe manejar la espada.
Atia se dió cuenta de su error y calló. Su hijo la llevaba por la calle de la amargura. Se dedicaba a la lectura y la poesía y tuvo que obligarle a romper su virginidad mediante órdenes a Tito Pulio, que lo llevó a un burdel. Pulio era experto en burdeles, pero tuvo que buscar uno de alto rango, uno al que él no podía ni pisar el dintel.

La puerta de la sala de trabajo se abrió y entró el lobo huargo. Solo. Echó un vistazo a los especímenes tras el vidrio y se echó, en la posición de las esfinges, sin separar su vista de ellos.
Atia no volvió a abrir la boca, quedó muda.

Continuará...