La foto no corresponde a las Majorettes de Barcelona. Nuestras bragas de uniforme eran las llamadas mitukas, que no dejaban nada a la vista, pero se la dedico a Don Mencigüelo con un guiño, je je je...
La foto de nuestras mitukas, mostradas por Milagros ya la pondré cuando toque narrar la actuación de aquel día en Martorell (Barcelona), un día de Navidad.
Seguimos en Murcia. Nos dieron fiesta durante la tercera mañana, mientras en la ciudad se celebraban otros actos. Salí a pasear con unas cuantas compañeras y un coche con tres ocupantes me invitó a acompañarles. Ya los conocía de la cafetería del colegio, estuvieron allí la noche anterior.
Hay que tener en cuenta que yo era más adulta y ellas unas niñas. Hubo una pequeña charla, debatiendo si debía acceder o no. Una de ellas convenció a las demás de que podía ir con ellos, eso sí, memorizando la matrícula del coche por si acaso.
Fui y me llevaron por lo más granado de la ciudad. Yo iba haciendo preguntas del tipo "¿No hay Metro?". "No. Murcia es pobre...".
Luego fuimos a tomar un apertitivo y finalmente me dejaron en el colegio. El que conducía el coche era mayor, otro algo menos, y el tercero era joven, el que más se interesaba por mí.
Aparentemente no tuve problemas por mi acción, nadie me preguntó dónde había estado ni con quien. Juanito y Roberto no dijeron nada.
Por la tarde recuperé mi condición de solista. Finalizamos por la noche, y como era costumbre, montamos en el autocar sin cambiarnos de ropa, directas a Barcelona.
Estaba sentada en el vehículo, cuando mi hermana me llamó la atención, señalándome a unos militares, uno de ellos haciéndome señas. Vaya, era un usuario habitual de la discoteca 'Dragón Rojo', en mi barrio. Me llamaba para que bajara. Calibré el tiempo que aún nos quedaba para poner el motor en marcha, ya que nos podíamos dormir allí hasta que lo hiciera, y bajé. Total, no me movi de al lado del vehículo, si zarpaba, mi propia hermana podía decir que estaba en tierra.
El paracaidista me besuqueó y fardó ante sus compañeros. "Qué morro", pensaba yo, ya que en la discoteca nunca me prestó atención, je je je... Lo que hace ir de uniforme, ¡juas!
Charlamos un rato y me citó en el 'Dragón Rojo' para la semana siguiente en que tendría permiso.
Finalmente subí al autocar y éste arrancó. Hicimos una breve parada en el colegio para cargar nuestras maletas, preparadas desde la mañana y por fin pusimos rumbo a Barcelona.
Iba ensoñada, mirando la carretera oscura, pensando en mi camita para descansar, cuando un coche de la Guardia Civil nos hizo luces y acabó parando delante nuestro cuando nos detuvimos.
Todas nos levantamos de nuestros asientos, deseosas de saber qué pasaba. Juanito habló con uno de los agentes y luego subió al autocar, ladrando algo a la capitana. Esta pasó lista nuevamente (ya lo había hecho cuando nos detuvimos frente al colegio para que cargasen las maletas). Pues sí, nos faltaba una. Estaba en el colegio, el personal fue quien llamó a la Guardia Civil para avisar.
Otro error de la empresa Carrera. Aquella chica había pedido permiso a la capitana para ir al baño y esta se lo concedió, pero no se preocupó de constatar que había vuelto. Burros por aquí, burras por allá...
Encima, a la pobre chica le cayó un palo de reproches, cuando la culpa era de la capitana y de Juanito, inútiles totales.
¿Y la SS femenina? Pues sí, hizo su tarea a conciencia. Le contó a mi madre un montón de burradas. Recuerdo que mi madre me dijo una frase que le había soltado esa: "¡Señora, su hija sabe más que yo...!".
Pues vale, eso seguro que sí, aunque no en el sentido que la carcelera le daba.
Lo gracioso es que mi señora madre quiso acoquinarme, asegurando que el señor Carrera tenía intención de echarme del grupo por mi comportamiento. Mami era tonta, evidentemente, no contó con que yo, creyendo que era verdad lo que me había dicho, envié una carta al viejo, explícando todo lo que había pasado en Murcia y mostrándome asombrada por su decisión.
Entonces fue a mi madre a quien le cayó un palo, reprochándole utilizarle, puesto que él no sabía media palabra de nada y no tenía intención de prescindir de mí.
Nunca vi a mi madre tan avergonzada. Y la carcelera pronto desapareció. La sustituyó la madre de otra majorette, ambas muy simpáticas.
¡La Rueda, amigos míos!


