lunes, 8 de abril de 2013

Anécdotas de un mejillón y una leona ( XIV )



El Cristo estaba hecho un cristo.

El Cristo era Eduardo Robledano y tenía un constipado de campeonato, pero voy a contar antes otra anécdota, también relacionada con Jesucristo en un escenario.
El lugar: Casarabonela ( Málaga ) un pueblecito hermoso de casas blancas en la falda de una montaña. En este pueblo concluí mi relación laboral con el Teatro Regional de Angelines García para irme a la mili.
La situación: jodida. No levantábamos cabeza, el negocio había ido fatal en los pueblos anteriores y, para mayor inri, en Casarabonela estaba ocurriendo tres cuartos de lo mismo, casi nadie acudía al teatro. Y, por si fuera poco, se acercaban Jueves Santo y Viernes Santo, dos fechas en las que estaba prohibido actuar.
Mientras tanto, Angelines hacía todo lo posible para que estuviésemos bien. Nos invitaba a comer en la casa particular en donde estaba alojada y nos regalaba tabaco. Ya dije en otro post que era una estupenda persona. La mujer estaba dejando un buen pufo en aquella casa, pero había tenido la suerte de dar con una familia generosa.
Y a alguien se le ocurrió una idea brillante: representar la "Pasión y Muerte de Nuestro Señor Jesucristo" Hacía mucho tiempo que no se llevaba en el repertorio, pero, quien más quien menos, se acordaban algo de los textos. Todo era cuestión de darse la paliza a repasar y fiarse del apuntador. Yo era el único que no tenía idea de tal obra.
El proyecto era muy arriesgado porque en esas fechas recorrían las calles del pueblo varias procesiones, de esas que duran un mogollón de horas, como las de Murcia. Pero se decidió tirar para adelante. Acudieron como refuerzo desde Málaga  un matrimonio de excelentes actores, amigos de Angelines y de su difunto esposo Santiago Colom. Hicieron los papeles principales, él de Jesucristo y ella... no recuerdo si la Virgen María o María Magdalena. El tenía un buen físico y daba una imagen impresionante en la cruz, enriquecido con una magnífica caracterización que nos impresionaba a todos. Siento no recordar los nombres de esta pareja. El resto del elenco doblamos papeles, yo hice dos pequeños personajes, pero ahora sólo me acuerdo de uno: el romano que le azotaba a Jesús.
Conclusión: Llenazos los dos días en los que se representó la obra, y eso que el pueblo era pequeño y había procesiones. Sorpresas de la vida teatral.

Y ahora voy con lo de Eduardo Robledano. Esta anécdota me la contaron, pues ocurrió antes de estar yo con ellos. Y no recuerdo si me dijeron que fue en La Pasión o en Marcelino Pan y Vino.
Introducción a la anécdota: En este tipo de obras de tema religioso se acostumbraba a terminar las escenas con lo que llamaban un "cuadro plástico" Es decir, se cerraba la cortina y volvía a abrirse inmediatamente, apareciendo los actores estáticos, sin mover un solo músculo, e iluminada la escena con una luz especial. El público exclamaba "Ohhhh...!!" y aplaudían entusiasmados.
Bueno, pues el caso es que Eduardo Robledano estaba con un trancazo del copón y había avisado de que no abriesen la cortina después de su escena en la cruz. Pero al responsable de la cortina se le olvidó y la abrió. Y qué es lo que vio el respetable público?... Pues más que sorprendidos quedaron los señores espectadores al encontrarse con un Cristo que corría por el escenario mientras se oían sus "atchis!, atchís, atchís!..."
Eduardo había advertido que empezaba a moverse la cortina cuando ya tenía puestos los pies en el suelo, y emprendió una carrera para no ser visto, pero la cortina fue más rápida que él. Imagínernse a un hombre en taparrabos y con una corona de espinas, estornudando a la carrera.

viernes, 5 de abril de 2013

Anécdotas de un mejillón y una leona ( XIII )



  

Un encuentro acongojonador con los grises

Tras mi encuentro con uno de los monstruos de la Burocracia, el llamado Sindicato Nacional del Espectáculo, y el zarpazo que me dio, que sicológicamente me dejó pachucho por unos días, tuve un encuentro indeseado con los indeseables "grises" Ya soy lo suficientemente mayor para "presumir"de batallitas con los grises, si bien no pienso contarlas todas porque esta sección tiene como objetivo prioritario alegrar a nuestros lectores a base de anécdotas divertidas, y a ser posible del mundo del artisteo, por el que hemos pasado tanto Doña Leona como un servidor. Pero esta historia viene a continuación de la otra porque también guarda relación con un carné, en este caso el de identidad. Quién iba a decirme a mi que mi carné de identidad, el famoso DNI, iba a ser un talismán para resolverme una papeleta con los grises!

Vale, pues me quedé sin el carné de actor ( y con todo mi amor propio me juré a mí mismo no volver a pelear por él. "A la mierda!", que diría Don Fernando, "ya tengo trabajo como actor y eso es lo principal" ) pero tenía el orgullo de contar con un carné de identidad en el que ponía "profesión: actor", una rara avis para mi edad, pues los putos burócratas no acostumbraban a permitir que un chico joven tuviese en su carné estas dos palabritas, "profesión: actor", y muchísimo menos si no podía demostrarlo con el carné del yuguito y las flechitas del Sindicato Vertical del Espectáculo. Mi colega Jorge Fonseca, que había estado trabajando en el Teatro de la Comedia de Madrid, ya se había resignado a que pusiese en su carné "profesión: estudiante" Para aquellos energúmenos burócratas, un jovencito sólo podía ser estudiante, peón de la construcción o vendimiador en Francia.

Así que bien contento que andaba yo con el cartoncito plastificado que me identificaba con mi actividad vocacional. No es que se lo fuese mostrando a todo el mundo, pero les juro que me daba una cierta seguridad. Hoy me parece una solemne estupidez, pero cuando aquello era muy importante para mí, como si la práctica del oficio de mis amores estuviese ratificada por aquel documento oficial, el más oficial de todos los documentos!

Y entonces ocurrió lo de mi encuentro con los grises. Era una mañanita soleada y acababa de dejar La Cibeles a mi espalda. Caminaba junto a la fachada del Banco de España, calle Alcalá hacia arriba, hacia Sol. Sabía que había movida estudiantil no muy lejos, por el Paseo de Recoletos, entre Cibeles y Colón, pero me sentía a salvo por Alcalá. Oh, ingenuo de mi!...
Cuando menos me lo esperaba me vi rodeado por varios grises. No recuerdo cuántos, pero seguro que eran más de dos.
"Carne de identidad!" - Me ladró uno de aquellos perros de la dictadura. No era la primera vez que me lo pedían. Peor aún: en las redadas de la Puerta del Sol en busca de "peligrosos sociales", era normalísimo que entrasen a saco pidiendo carnés y llevándose a gente para la DGS ( a mi también me tocó ) Acojonadísimo les mostré el carné. Uno de ellos me lo cogió de un zarpazo, lo miró y le dijo a otro: "pone actor" Y el que mandaba me soltó otro ladrido: "Venga, márchese!"
Sali a escape, a paso ligero, uno-dos, uno-dos... por si se arrepentían de no haberme fostiado. Cuando se lo comenté a mis conocidos, todos coincidieron: "Te has librado de una buena somanta de hostias porque ponía actor y no estudiante" Otro utilizó una expresión más castiza: "De haber puesto estudiante te habrían dado de hostias hasta en... el carné de identidad"

jueves, 28 de marzo de 2013

Anécdotas de un mejillón y una leona. (XII)



El carné de actor

Me hacía mucha ilusión contar con el carné de actor porque ser actor era mi vocación y porque el mero hecho de disponer de un cartoncillo en el que figurase como discípulo de Talía con carácter oficial, enriquecía mi vanidad de comediante jovenzuelo. Vamos, que me hacía sentirme importante. Y, qué coño, porque me lo merecía.
Y tropecé con la puta burocracia a la que aprendí a odiar desde entonces. Ya fuese aquel rancio sindicato vertical o los que vinieron después, ninguno me sirvió para solucionar mis problemas laborales.
Bueno, el caso es que anhelaba aquel pequeño documento acreditativo de mi oficio, aunque estuviese ornado con el yugo y las flechitas de la Falange. ( El "cangrejo" aparecía por todas partes, lo mismo en ciertos documentos que en los edificios del régimen: Viviendas Sociales XXV Años de Paz, por lo cual lo consideré un mal menor )

Y me presenté en el Sindicato del Espectáculo, que cuando aquello estaba en la Cuesta de Santo Domingo, entre Callao y Opera ( del centralizado Madrid, por supuesto ) Recuerdo que los actores que se hacían cargo de estos trámites eran German Cobos y Tina Sainz.  No he olvidado sus nombres porque ya eran famosos y porque para mi esta gestión era importantísima. Planteé mi problema: Yo no disponía de "contratos de meritoriaje", los cuales se exigían para conseguir el carné de actor. ( Los actores meritorios trabajaban gratis en papeles insignificantes "haciendo méritos" para el carné. A los universitarios se les pedía seis meses de meritoriaje y a los demás un año ) Y yo no disponía de tales contratos porque en los dos años que llevaba trabajando en el teatro lo había hecho en calidad de profesional.
Después de dudar un rato, me preguntaron si podía demostrar los trabajos que había hecho como actor. Naturalmente, les dije, contentísimo porque ya veía acercarse mi anhelado carné. Volví otro día con todo el dosier que corroboraba mi deambular teatrero, que me envió mi madre en un paquete desde el pueblo: programas de mano que editaba el Teatro Popular Español en cada pueblo y en los que aparecía mi nombre junto al resto del elenco; críticas en el periódico local de mis funciones como aficionado ( El Inocente de Calvo Sotelo, Las Manos de Eurídice de Pedro Bloch y un festival ) un bellísimo reportaje que me hicieron en la prensa asturiana por un recital que di en Candás; propaganda de otro recital en Avilés y un montón de papeles más que no recuerdo ahora, pero que abultaban bastante.

La cosa es que me fui de gira una temporada más con el Teatro Popular Español, y las giras de las carpas duraban cuando entonces unos seis o siete meses: de Abril o Mayo a Octubre o Noviembre. Cuando regresé a por mi "carné de actor", el sindicato estaba ahora en la Avenida de America, donde nace la carretera de Barcelona, edificio que después pasó a ser de la UGT ( foto de arriba ) y los sindicalistas seguían siendo gente de UGT y Comisiones camuflada.
Pregunté ilusionado por mi carné, no sin nerviosismo, y esperé un buen rato porque no lo encontraban. Recuerdo que allí estaba el gran actor José María Prada conversando con otros compañeros y echando pestes porque en algunos pueblos los empresarios de las compañías todavía acudían a pedir permiso a la Policía para poder actuar.
Finalmente regresó la persona que andaba buscando mi carné y me mostró un papel con una nota que alguien había escrito: "No se le puede dar el carné porque no ha presentado contratos de meritoriaje"
Ni que decir tiene que no conseguí nada con mis protestas, que elevé respetuosamente porque de sobra es sabido el temor que teníamos a los organismos oficiales, en los que cualquier chupatintas se sentía poderoso, y yo, a fin de cuentas, era un chaval. ( Hablo de un año o dos antes de la muerte de Franco) Y aquellos sindicalistas de la Izquierda habían heredado la abulía de los temibles verticalistas.

Me he alargado demasiado para el poco tiempo del que dispongo en Internet. Así que dejo para mi próximo post el encuentro que tuve con los "grises"... en el que algo tuvo que ver un carné.

miércoles, 27 de marzo de 2013

Anécdotas de un mejillón y una leona. (XI)





Majorettes de Barcelona. El Chicho marqués

Esta anécdota corresponde a mi paso por la empresa de la familia Carreras que gestionaba personal para todo tipo de espectáculos, tanto de majorettes como de Reyes Magos, fiestas patronales y desmadres varios, je je je...
La foto no tiene que ver, es de un año de la Mercé, la fiesta grande en Barcelona. Actuábamos por la mañana y por la tarde hasta el anochecer. Ahí estamos en la comida del mediodía, en un hotel del Paseo de Grácia si no recuerdo mal.
Los uniformes son distintos porque no estábamos en la misma unidad, éramos muchísimas, incluso a caballo y en moto, todo un espectáculo.
Ese día me correspondió capitanear al grupo de Abanderadas. Yo hacía la exhibición con la vara, pero mi unidad sólo empuñaba banderas de colores. Tuve que crear una coreografía para ellas en pocos minutos porque no era plan de que se pasaran el día sosteniendo un palo con un trapo en la punta y nada más. La dirección no se preocupaba de esto, nos soltaban en la calle como al ganado, para hacer bonito y listo. Este fue el motivo por el que me fui y fundé mi propio grupo un tiempo después.

Yendo a la anécdota que nos ocupa, un día me llamaron para una actuación nocturna, en una finca privada. Teniendo en cuenta que mi "representante", o sea, quien cogía el teléfono y aceptaba o negaba era mi señora madre, me sorprendió que accediera. Supongo que confiaba mucho en la "carabina" que solíamos llevar, la madre de una compañera, también capitana y solista como yo, pero con la cual no congeniaba en absoluto porque se daba unos aires de cuidado.

Llegamos de noche en autocar a una urbanización de la que no tengo idea porque la información no era lo suyo. Nos hicieron esperar en el vehículo, supongo que mientras llegaban los invitados. Eso sí, subieron personas del servicio, uniformadas, pasando bandejas de pinchos y la mar de amables.
Finalmente nos invitaron a bajar y entrar en la casa. Nos dejaron en un salón más grande que mi piso entero y, viendo que todavía faltaba lo suyo para mover la vara, me dediqué a leer diplomas y similares que llenaban las paredes. Así supe que el dueño de la casa era un marqués, aunque no retuve el nombre, algo que realmente me importaba poco.
La espera fue realmente larga, pero la disfruté observando los interesantes elementos de decoración, antigüedades en su mayor parte, vagando por el inmenso salón de dos ambientes mientras mis compañeras se repantingaban en los sofás cotilleando.
Al entrar observé que en algunas mesitas habían bandejas con vasos largos, cargados de hielo y contenido nada menos que de colores. Nadie los tocó, no nos habían dado instrucciones. Más tarde pasó una doncella que, al ver como el hielo se había derretido ya, me preguntó si no me apetecía. Vamos, haberlo dicho antes, que eran para nosotras. Yo no entro en una casa desconocida y bebo del primer vaso que encuentro. Por los colores supuse que eran refrescos y zumos, pero claro, ya no me apetecían al haberse aguado y calentado.
Había más actores, gente que no conocíamos porque no eran majorettes ni miembros de ninguna banda de las que solían acompañarnos. Una chica inglesa se mostraba muy nerviosa; nos contó que iba a hacer un striptease y le daba mucha vergüenza, que por favor, mirásemos su actuación para sentirse arropada. Lo consideré absurdo, si le daba vergüenza, ¿por qué se dedicaba a ello?
En cuanto a lo de poder verla, no sabíamos si sería posible, ya que nos mantenían en el salón y a lo largo de la noche iban llamando a alguien, pero los que salían no volvían a entrar. Ignorábamos a dónde los llevaban. Consideré estupendo no haber bebido nada de la casa. Por si acaso...

Finalmente nos llamaron a nosotras. Venga, a formar. Tirarse de la faldita, comprobar que los cordones de las botas estuvieran atados correctamente, el sombrero de copa bien puesto, colgarse la sonrisa en los labios y empezar a marcar el paso al ritmo de la música que ya sonaba.
Entramos en un sótano enorme, bien decorado, parecía un plató de TV. Era una imitación del programa '1... 2... 3... ¡Responda otra vez!'
El público estaba formado por los invitados del marqués y supongo que los concursantes también lo eran. Mis compañeras debían dar una vuelta al plató en formación y yo hacer una exhibición como solista delante de la mesa, ya sabéis, eso de tirar la vara al aire, pasarla alrededor del cuerpo, etc., lo que la tropa no sabía hacer.
Al terminar me indicaron que me quedara allí, al lado de la mesa. A mis compañeras las repartieron junto a las paredes.
Desde ahí tuve una vista privilegiada del resto del programa. (Por esto no regresaba nadie al salón, después de actuar se quedaban allí) Estaba todo muy animado, el público eufórico, contentísimo.
Entonces sufrí una tremenda vergüenza ajena: actuó una chica bailando en biquini. No sé de dónde la habían sacado porque era zafia a más no poder. Iba en grupo, dos o tres más, pero ella se movía con lascivia epiléptica. Tenía la cara colorada e hinchada. Supuse que durante la espera había tomado varias copas y no de zumos precisamente... Con los ojos cerrados, como en trance, los abrió repentinamente al notar los flashes y se abalanzó sobre el marqués como una loba, gritando "¡Fotos no! ¡Fotos no!". ¡Ondia! Pensé si tendría que usar la vara porque su expresión daba miedo por lo alterada y salvaje. Pero el dueño de la casa, sin perder la sonrisa y sin mirarla a ella, pendiente de la actuación, le hizo un gesto con la mano para que se fuera. Lo hizo, salió hecha una furia, completamente ridícula, porque su cuerpo tampoco era precisamente para lucirlo y sólo mostraba a una mujer borracha.

Hubo otras pocas actuaciones, ya se terminaba, que llevábamos allí horas. Después de un mago apareció la chica inglesa. Llevaba un disfraz de conejo, de pies a cabeza. Lo hizo muy bien, con delicadeza, absoluta profesionalidad. Terminó con un desnudo integral. Su cuerpo era blanco y sin estridencias, acompañado por su candidez y rubor final. Me puse la vara bajo el brazo y aplaudí, cumpliendo lo que pidió en el salón. (A mí me tenía delante)

Fue la última actuación, el plato fuerte del marqués.
Subimos al autocar y volvimos a Barcelona, yo soñando con mi camita, ¡uf! Eso sí, me lo pasé muy bien, como siempre, y en esta ocasión había sido una experiencia nueva.


martes, 26 de marzo de 2013

Anécdotas de un mejillón y una leona ( X )





El Gran Juanito, un personaje realmente entrañable


Cierro aquí esta trilogía de pequeños relatos sobre la relación entre comediantes y apuntadores basada en mis primeras vivencias teatrales.
Juanito Torres era bajito, no enano, y con una muy visible deformidad: su joroba. Cara de pillo y lentes de muchas dioptrías. Añadamos a esto su carácter cachondo y ya está definido el personaje.
A pesar de su físico nada agraciado, y por razón de su labia y sentido del humor, se llevaba al huerto a las mozas de los pueblos, y quien dice al huerto dice al trigal o a cualquier otro escenario no teatral en donde pudiese beneficiárselas amorosamente. Y hacía asco de las feas, era un sibarita sexual, se permitía elegir el género como si fuese un galán de Hollywood.
En cierta ocasión fue sorprendido manos en la moza y apareció publicada la amonestación en la puerta de la iglesia, una costumbre antañona que aún conservaban en algunas aldeas, algo así como "Han sido vistos en acto de fornicio los pecadores Juan Torres Tal y la señorita de este lugar Fulanita Tal y Tal..." Solía repetirnos la anécdota con pelos y señales a requerimiento del personal y nos partíamos de risa porque tenía una gracia enorme como narrador oral. Nos lo pasábamos bomba cuando bromeaba con su colega el saxofonista Emilio Muñoz, otro cachondo de campeonato. ( No confundir, por supuesto, como Emilio Muñoz el torero )

No recuerdo la edad que tenía Juanito. Yo era un joven de 21 años, eso sí lo recuerdo, pues corté la gira con esta compañía para incoporarme a la mili. El andaría entre los treinta y algo y los cuarenta. El teatro portatil en el que actuábamos era el Teatro Regional, y la dueña y primera actriz era Angelines Garcia, viuda de Santiago Colom, una mujer encantadora, dulce, buenísima en el trato con todos nosotros.

Juanito no trabajaba como actor, pero formaba parte de la pequeña orquesta que amenizaba el fin de fiesta de variedades, tocando la batería. Era un buen batería, y también recitaba y contaba chistes. Yo presentaba el show y actuaba en los skechts humorísticos. Y cantaban Mari Carmen Soriano y su madre: Carmiña de Levante. Entre los músicos también estaba el organista Severino Reyes. El Gran Pepón, marido de Carmiña y padre de Mari Carmen, un excelente caricato valenciano, ya no podía salir a escena por su afonía crónica y trabajaba como taquillero.

Y ahora viene lo de Juanito Torres como apuntador. Indudablemente, al no trabajar en las comedias, asumía el rol de apuntador situándose tras los decorados ( En este teatro no había concha ) Por el escenario nos movíamos Angelines García ( la dueña y primera actriz ) Julio de Torres, Eduardo Robledano, Angelita Palacios ( mujer del anterior ) José Palacios ( padre de Angelita ) las antes citadas Carmiña y Mari Carmen y el que suscribe.
Don José, un hombre mayor, era un poco duro de oído, y le pedía a Juanito que se situase cerca de la zona del escenario en donde él estaba actuando para escucharle bien el texto. Pero no siempre se "compenetraban". Dábase el caso de que por despiste de alguno de los dos, Juanito se situaba en un extremo del escenario y Don José se encontraba en el extremo opuesto, o mejor dicho: uno en un lateral y el otro en el lateral opuesto. De pronto Juanito se percataba de que allí no tenía a Don José e iba en su busca. Y Don José, que acababa de darse cuenta de que allí no estaba Juanito, hacía lo propio. Se cruzaban en su peregrinaje y volvían a estar a una legua el uno del otro. Y a todo esto el público mosqueado por los movimientos raros que hacía aquel actor y sus silencios inexplicables o parlamentos extraños. Naturalmente, algunos espectadores avispados debían olerse la tostada.

Gracias por su atención, mis queridísimos lectores o números estadísticos.

viernes, 22 de marzo de 2013

Anécdotas de un mejillón y una leona. ( XIX )



Cuando el apuntador es nuestra perdición

Conté en mi anterior entrada lo cómodos que nos sentíamos los actores con la apuntadora Carmen Henche. No ocurrió lo mismo con el apuntador Juan Antonio Lebrero. Este era un hombre grandote y pesado al que le costaba Dios y ayuda meterse en la concha y salir de ella. Una concha de apuntador no es más que una trampilla en el escenario sobre la que se coloca un techo curvado para que no se vea la cabeza del apuntador. Y en el interior hay una bombillita para que este vea bien los textos del libreto.
Y el señor Lebrero empezó a fallarnos, nos dejaba "tirados" en el escenario ( es un decir porque los cómicos de carpa somos especialistas en improvisar, pero no por eso dejamos de pasarlas putas ) porque pasaba mal las hojas del libro y de pronto te daba un texo de diez páginas más adelante o  quince páginas más atrás. No había una razón lógica para que este hombre fallase tanto, exceptuando el día en que a un moscón o a una avispa le dio por describir órbitas alrededor de la bombilla y de la nariz del mencionado, y este se puso a sar manotazos con el fin de ahuyentar al bicho intruso, no consiguiendo otra cosa que el desamparo de los que dependíamos de él.
Bien, pues cierto día descubrimos la poderosa y etílica razón que motivaba el mal funcionamiento del apuntador: La botella de litro de "agua mineral" que le acompañaba en su trabajo, sólo tenía de agua mineral el envase, el contenido era "ginebra" El buen hombre se ponía más a gustito en la concha que Ortega Cano en el coche.

Hay otro tipo de situaciones "dramáticas" ( "cómicas" en el momento de recordarlas ) que se dan entre los cómicos y sus apuntadores.
En el Teatro Regional no había concha ni apuntador. Cualquiera de nosotros, los actores, ejercía la labor de improvisado apuntador cuando no se hallaba en escena, y lo hacíamos desde detrás del decorado. Pero el que más tiempo estaba con el libreto en la mano dándonos letra era el gran Juanito Torres, pues no salía en las comedias, tan sólo en los fines de fiesta de variedades. Del carismático Juanito Torres hablaré en mi siguiente escrito.

jueves, 21 de marzo de 2013

Anécdotas de un mejillón y una leona ( VIII )




En manos del apuntador

En mis comienzos teatreros trabajé en tres compañías de carpa, en una de ellas durante tres temporadas: "Teatro Polpular Español", en otra una temporada: "Teatro Regional", y en la tercera una semana: "Teatro Benavente" Estos teatros portatiles llevaban un extenso repertorio de comedias porque las actuaciones se prolongaban hasta un mes en cada plaza. ( Sólo había un canal televisivo en España y no estaba legalizado el juego ni las sex-shops ) Y me contaron los cómicos viejos que, años atrás, alguna compañía llegó a estar en un pueblo hasta cinco meses.
Bien, pues esto sólo era posible gracias a unos precios muy baratos y a que se cambiaba de comedia cada dia, además de una publicidad muy económica a base de un coche con altavoz y una pizarra en la puerta del teatro anunciando la función del día. Diariamente se cambiaban en los palos de la tramoya los decorados: casa rica, casa pobre, palacio, exterior jardín, etc. y se distribuían los muebles en la escena de manera distinta a la función anterior. Y se ensayaba muchas tardes, no todas, según tuviésemos "dominados" los papeles. Se daba el caso de "rescatar" alguna comedia en esa plaza, alguna que se había apartado del repertorio hacía tiempo, y no quedaba más remedio que ensayar. Y nos encomendábamos al "angel guía" del escenario: el apuntador. Yo estuve saliendo en La Calzada, Gijón, a un "embolado" cada día, pues era comienzo de temporada y tuve que memorizar unos cuantos papeles nuevos, y de un día para otro era imposible memorizarlos por completo. Pero descubrí fascinado lo fácil que es dejarse llevar por un buen apuntador, en este caso apuntadora: Carmen Henche, una maravilla en su oficio, y que conste que este es el oficio más difícil del teatro. Muchos actores no sirven para apuntadores.
Carmen llegaba claramente a cada actor y su voz apenas era audible por el público. Sabíamos en cada momento a quién estaba dando texto y no dudaba en repetirlo al instante cuando alguien no había oído bien.
Una maravilla que no duró siempre. En la última temporada que estuve en esta carpa, tuvimos un apuntador que fue el reverso de la moneda de todo lo que estoy contando, un auténtico suplicio para el actor.

Próxima colaboración mia en esta sección: "Cuando el apuntador es nuestra perdición"